LA REVISTA MUSICAL DE BARCELONA

MIGUEL POVEDA "ENLORQUECIDO EN EL LICEO "

 Miguel Poveda siempre ha estado embrujado por Federico García Lorca pero ahora está, literalmente, «enLorquecido», loco por Lorca, por su mito, por su rebeldía y por esa paradoja que le envolvía: podía ser el hombre más alegre de la tierra y a la vez descender al foso de la tragedia

  Antes de que saliese el cantaor, que tiene algo de místico del flamenco, se proyectaron las primeras imágenes que ofrecían contexto y emoción. En ellas, además de la Residencia de Estudiantes, el grupo teatral La Barraca o una instantánea de Dalí y Gala, se vio al Nobel aragonés Santiago Ramón y Cajal. Poveda apareció y dijo que era un día especial para él Introdujo a Lorca y arrancó con uno de los himnos del disco: ‘No me encontraron’. Que es una texto premonitorio, fulgurante y dramático, del que huye la palabra «asesinaron».

 Los aplausos sonaron con una fuerza increíble. Olían, si no fuera demasiado pronto, a apoteosis. Luego, con su peculiar manera de cantar, con su fraseo emotivo, partió hacia Fuentevaqueros, y entonaría, en tercer lugar, ‘Silencio’. Shss. Shss, insistió. Estaba pletórico y el público estaba con él. 

Y con Lorca, con la música, de flamenco y de jazz, del maestro Joan Albert Amargós; se levantaría un poco después a saludar, invitado por el intérprete (que conoce bien los sonidos negros y ‘La teoría y juego del duende’ del maestro granadino), y llevaba la firma del poeta, con su peculiar caligrafía, en la chaqueta negra. Poveda también saludaría a Jesús Guerrero, un virtuoso de la guitarra española. Aplausos a rabiar. 

 La segunda apoteosis –mientras la pantalla vomitaba imágenes y se veía a Lorca por aquí y por allá– llegó con las piezas que el autor de ‘Romancero gitano’ recogió de la tradición popular, como ‘Los cuatro muleros’ o ‘Anda, jaleo’. Luego hizo su primera concesión: recordó una cita, de Miguel de Molina, Rafael de León y de Lorca, de la que salió una pieza emblemática de «la canción andaluza», dijo: ‘Ojos verdes’, un texto conectado con el ‘Romance sonámbulo’.

A partir de ahí, Miguel Poveda cantó hasta tres ‘Sonetos del amor oscuro’, y recordó que el amor nunca debe ser oscuro. Y atacó, de modo fragmentario, la ‘Oda a Walt Whitman’. La gente estaba con él y poco a poco, con una voz lujosa, atrapó el corazón de las palabras, el temblor del flamenco, la oscura raíz del grito. Ya se sabe, en la lírica lorquiana, el mar recuerda de pronto el nombre de todos sus ahogados.

Fotos ;Edu Huete ,Redaccion : Web

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